abril 28, 2003

Manchester 4, Real Madrid 3.
Old Trafford, Manchester.
1/4 de Final Champions League 2002-2003.


Desde la final del Mundial 2002 en Yokohama, Japón, ningún encuentro de fútbol alzó tanta expectativa en todo el mundo que el juego de vuelta Manchester United vs Real Madrid. Pero cuando se supo que los dos jugadores emblemáticos no iban a estar ahí, el ánimo cayó bastante. David Beckham del Manchester United en la banca, por una decisión no muy clara del técnico Alex Fergusson —no tiene por qué ser clara su decisión (muy suya)—. Raúl González del Real Madrid, que bateó de homerun en el partido de ida, convalecía un apendicitis que duele como parir equidnas.

Puede que sepas lo que es parir, pero dime, qué diablos son las equidnas. Un miembro de la barra Boixos Nois del Barcelona, dolido por la eliminación de su equipo —a quién no le dolió, hombre, pero no es para guardársela—, dijo que sin Raúl el Real Madrid perdía el apetito y que "los blancos" saldrían de Inglaterra pateados, con seis goles.

Nada más lejos. Empezando porque no hubo "blancos". Siguiendo el gesto del buen peregrino, el equipo español llevó traje de visita, azul marino. Azul nocturno. Un azul semejante al que adoran los buzos del Caribe, que aparece suave a los 25 metros de profundidad, se va opacando y acaba de una majestuosidad inquietante a los 50 ó 55 metros, conocida por ellos como la línea dulce. En su franja termina el mar traslúcido, que se nutre desesperadamente de los rayos solares, y nace otro, menos popular, enigmático y corrupto.

Azul marino, el equipo salió a jugar con paciencia carnívora. De tres mordiscos —Ronaldo representa los colmillos— desangró al rival, que tres veces se levantó y mordió lo suyo, pero no logró zafarse. De un pie lo sostenía la gigantesca tenaza de 1.62m llamada Roberto Carlos, que actúa como un trauma sobre los rivales. Del otro pie Míchel Salgado, trastabillando al galés Ryan Giggs que sofocado y todo abrió brecha para Keane, Solskjaer, Neville y Paul Scholes en cuarto menguante. Míchel Salgado ha encarado con cierto resultado a lebreles como Claudio López y Marc Overmars, pero cuando supo que enfrentaría a Giggs lo nombró sinodal de su carrera deportiva. ¿Aprobó el examen?

El pequeño Estadio Old Trafford representa ya un fenómeno de la comunicación entre equipo y seguidores, más noble en reconocer al enemigo que otros avisperos del mundo, como La Bombonera de Boca Juniors y el Ali-Sami-Yen del Galatasaray turco. En el 2000, cuando el Real Madrid tenía a los Rojos en la lona 0-3 y la reacción lógica era empapar de orín la banca madrileña o irse vaciando las gradas, el Old Trafford se puso a cantar y al pitazo final esperó que los españoles pasearan su júbilo. Ahora, algo que jamás vi. El número 11 apareció en el cartel de sustitutos del Cuarto Arbitro, llamando a Ronaldo a la banca. Entonces, el Old Trafford interrumpió la tensión del juego para ovacionar a Ronaldo Luis Nazario en un aguacero humano, de pie. Equivalente a que el público brasileño hubiera aplaudido al uruguayo Alcides Gigghia, autor del segundo gol vs Brasil, en el Maracanazo de 1950. Un gesto increíble. Y también, un acto desafiante para el público madridista que abucheó a Ronaldo hace seis meses cuando FIFA lo premió en el Santiago Bernabeu con el Balón de Oro, coreando retadoramente a sus históricos. Raúl, Mijatovic, Di Stéfano, Hugo Sánchez.

Total que, apenas el Manchester se deshacía de Ronaldo —cada vez, un gol— y superaba a Roberto Carlos, se le aferraban Guti, Makeleke y McMannaman que hicieron de muelas. Los Rojos jugaron con el cuerpo adolorido, e inconexo. Keane parecía jubilarse, Van Nistelrooy no pudo lucir su pulcritud con goles (aunque hizo uno) y Verón, Verón, Verón... Verón me tiene despistado.

En los tobillos del gigante, Fernando Hierro atina menos cada vez y pierde resistencia y nivel —aún así tiene lo suficiente para jugar en el Campeón de Europa; ya lo dije antes, es el Quarterback—. Iván Helguera es un cómplice excelente y más fresco en ideas, aunque se ha ido olvidando del gol y se acostumbra a vivir pastando.

No hablo de Figo. Parece sobrar en el equipo. Es vertical, habilidoso y cuatro etcéteras, pero vive absorto en el desborde y se encierra con los defensores en zonas de poca influencia, cada vez más predecible, taponeando las venas que hacen a este equipo un organismo de sangre caliente. La prueba está en la cantidad de pelotas que vuelve atrás, cuando le adivinan el quiebre o recibe cobertura doble. Y eso cansa. Dicho lo anterior, me cuadro ante su desmarque que limpió la pradera a Ronaldo en el tercer gol, ese relámpago.

El Real Madrid fue superior. Superior al Manchester United, un estándar altísimo. Superior a los mejores momentos de sí mismo en la temporada. No se le ve rival. Es posible que extrañemos el fútbol de propulsión a chorro del Arsenal, como también es posible (muy posible) que la tacañería estratégica del Juventus —Dios mío, qué abominación— salga vencedora en la semifinal y se quede con la copa. Pero éste es el mejor equipo. El mal sueño, la furia libertina, cómo decirlo. Totalidad circular. Ghetto feliz. Cabezas, pueblos y polígonos. Esa mandíbula sobrecogedora en que se transforma el Real Madrid cuando Zidane juega bien flanqueado.

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mr_phuy@mail.com

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